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Maider Galarraga - Voluntaria como Cooperante en El Salvador

Hace ahora dos años iniciaba los preparativos de mi viaje a San Salvador, capital de El Salvador, para colaborar como cooperante en la ONG feminista Las Dignas.

Siempre había tenido claro que quería ser cooperante. Era uno de esos deseos que una lleva guardadito hasta que llega el momento oportuno; y llegó. Ahora pienso que no sólo llegó, sino que de alguna manera yo hice que llegara.

Fueron unos meses trepidantes; primero, buscando una ONG a la que yo pudiera aportar algo: conocimientos, experiencia, motivaciones... Tuve varias opciones, pero finalmente Las Dignas me ofrecieron la oportunidad de pasar allá tres meses con ellas, conociendo lo que hacían, sus proyectos, la sociedad salvadoreña, sus costumbres y valores.

Uno de los momentos que recuerdo especialmente fue cuando se lo comuniqué a mi familia, a mis amistades, en el trabajo etc. Las reacciones fueron muy diversas: preocupación, ganas de protegerme, envidia por la experiencia que iba a vivir, respeto y admiración; otras (las menos) fueron de incomprensión. Al final, como con todo lo que hacemos en la vida, la última decisión la tomé yo y el 27 de junio de 2008 embarqué en un avión hacia París, luego hacia Miami y, por fin, a El Salvador.

Recuerdo que al aeropuerto de Loiu me acompañó mi hermano pequeño. Creo que en ese momento fui consciente de que me iba, de que iniciaba en ese preciso instante un Viaje con mayúsculas; ahora puedo decir que, con mucha trascendencia en mi vida, me emocioné. A partir de ese momento y durante los tres meses que siguieron, me relacioné únicamente con personas con las que nunca antes había tenido contacto.

Llegué a El Salvador, tengo que reconocerlo, con algunas ideas preconcebidas sobre la situación del país, su nivel de seguridad, de desarrollo, la situación de las mujeres etc. Diferentes personas con las que había hablado me aconsejaron sobre qué tenía que hacer o no hacer. Algunos consejos me sirvieron, pero otros ejercieron el efecto de un velo que me dificultaba ver y disfrutar el país con mi propia naturaleza.

El primer contacto me sacudió: ¡todo era tan distinto! La temperatura, el paisaje, las personas, las casas, la iluminación, la comida...

Primero me tuve que adaptar al espacio en el que iba a vivir, pues la casa era muy distinta a la que habito aquí en estructura y en comodidades. También eran diferentes los sonidos, los ruidos de la noche y los olores. Al final lo que me ayudó fue separame de lo que yo había vivido hasta ese momento y dejar de compararlo con lo que estaba empezando a vivir, que era una experiencia diferente y única.

El primer contacto con la ONG lo recuerdo muy emocionante. Las Dignas son una organización política feminista que nació en el umbral del período de los Acuerdos de Paz -14 de julio de 1990-. Muchas de sus integrantes se vieron directamente afectadas por el conflicto armado y durante más de una década de post conflicto tuvieron que desarrollar procesos intensos con miles de mujeres en apoyos terapéuticos que han contribuido a superar las pérdidas de familiares y las pérdidas materiales. También han contribuido eficazmente a la erradicación de la subordinación de las mujeres como condición para alcanzar la justicia social y económica.

Cuentan con cuatro programas:

• Por una Vida Libre de Violencia
• Justicia Económica para las Mujeres
• Proyección Política
• Educación para la Equidad de Género

Yo estuve colaborando en el programa Por una Vida Libre de Violencia, cuyo propósito es afrontar el derecho a vivir una vida libre de violencia a través de procesos individuales y colectivos de atención a mujeres, y el impulso de estrategias para incidir en las instituciones con competencia en estos asuntos. De igual manera, la sensibilización, la capacitación y la incidencia en políticas públicas son ejes fundamentales en el trabajo del programa.

El contacto que mantuve con las mujeres que habían sufrido violencia fue uno de los aspectos que más me impactó de mi viaje. Conocer de cerca sus historias, escucharlas contar sus experiencias y las diferentes circunstancias a las que habían tenido que hacer frente, me generaba sentimientos encontrados de amor y respeto hacia ellas y de rabia por que hubieran tenido que vivir experiencias tan duras. Fui con la idea de dar, de proteger, de reconfortar, y poco a poco me fui dando cuenta de que eran mujeres fuertes, con grandes cualidades, con la mala suerte de vivir en una sociedad que las había hecho creer lo contrario. Para mi sorpresa, escuché, abracé y di una palabra de aliento a muchas personas, pero recibí multiplicado lo que di.

A mi vuelta fui siendo consciente poco a poco de todo lo que había recibido y aprendido en el viaje. Son tantas mis vivencias y recuerdos de El Salvador, que casi todos los días descubro algo nuevo que me traje de allí y en lo que todavía no había reparado.

Maider Galarraga